Me gusta que mis rutas en moto tengan un destino palpable. A veces es un monumento, un paraje, un río o una montaña, pero la ruta a Senegal contó con algo totalmente distinto. Añadí a la ruta un componente humanitario que me llenó de una motivación extra para realizarla.

Estoy hablando una ruta en moto a 2 ONGs en Senegal.

Como antecedentes, os explicaré que entrar ayuda humanitaria en países como Senegal, no es tarea fácil. En las fronteras, los extranjeros sufrimos una inspección exhaustiva y fácilmente se nos requisa todo lo que pueda servir de negocio a los oficiales, sub-oficiales y funcionarios que habitan en las diferentes garitas, por ello, tratar de “colarles” medicamentos y material escolar a estos profesionales, es todo un reto.

En la misma frontera entre Mauritania y Senegal, me encontré con José, un madrileño que llevaba una furgoneta cargada con ayuda para Guinea y al que no dejaban pasar ni un ápice del cargamento. Su cabreo era tal que en la conversación conmigo, me comentaba que cogería un bidón de gasolina y le prendería fuego a todo antes de que esos ca****es hicieran negocio con los medicamentos.

Frontera de Gambia
Frontera de Gambia

La ventaja de ir en moto es que, de entrada, los funcionarios prestan mucha más atención al vehículo en si que a las maletas, así que no les interesa lo que llevas en el equipaje, total no puede ser mucho. Eso, unido a lo lento de sacar y meter todo el cargamento de enseres en mitad de una frontera, hace que entrar medicinas no sea tan difícil. Por el contrario, es más difícil esconder cualquier cosa que no quieras que vean, así que siempre existe el riesgo.

A Kasamu Aku

Consigo cruzar Marruecos, Sáhara, Mauritania, Gambia y Senegal, sorteando todos los controles, fronteras y registros sin muchos problemas y me planto en la Casamance (al sur de Senegal) con el cargamento intacto. Me dirijo a Kasamu Aku, una ONG que realiza la tarea de dar una educación digna a niñ@s y jóvenes cerca de Cap Skirring.

Aula del colegio
Aula del colegio

Aunque las instalaciones son modestas, en este centro hay 8 monjas que tratan de enseñar a 188 niñ@s de entre 4 y 8 años (eso si es un reto y no lo mio), sin perder en ningún momento la sonrisa y el buen humor. El coraje de seguir con esa labor es admirable en una región olvidada de todo y de todos, pero la visión de un futuro para esos niños es el combustible que las mueve cada día.

Patio de recreo
Patio de recreo
La hermana Elisabeth
La hermana Elisabeth

La alegría que desprenden, resulta difícil de describir mientras voy depositando sobre la mesa todo lo que llevo en la maleta. Al acabar y mirarlo, yo soy el primer sorprendido de que todo eso haya cabido en el poco espacio del que dispongo en la moto

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En las más de 2 horas que compartimos, hablamos de la labor del colegio, de lo felices que son los niños jugando en el patio y lo que cuesta volver a meterlos en clase después del recreo. Muy parecido a lo que ocurre con los niños en Europa pero con árboles enormes en el patio. A ellas les parece heroico mi viaje, a mi me lo parece su labor con esos niños.

Les dejo los medicamentos, libretas, bolígrafos, lápices, camisetas, caramelos, globos y bolsas y me llevo el corazón en un puño por no haber podido venir con un camión cargado, pero con la tranquilidad de que, lo que les llevo, tendrá un buen uso.

Mientras oscurece y vuelvo hacia mi hotel, empiezo a pensar en mi siguiente parada,  DORCASONGD, donde repetiré mi experiencia.

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