Ya hace unos meses, pero el día de mi cumpleaños quería hacer realidad uno de mis sueños y tacharlo de mi lista de asuntos pendientes.

Acampar en el mar de Aral.

Antecedentes

La historia nos demuestra que el hombre es capaz de influir en el entorno y un mal ejemplo de como lo hace es el mar de Aral.

Llamarlo Mar puede resultar irónico, pues se trata de una extensión de desierto entre Kazakstán y Uzbekistán. Apenas 40 años atrás si era un mar, pero el hombre, en sus ansias de expansión económica, desvió los 2 principales ríos de este mar para regar sus campos de algodón. El resultado fue catastrófico para las gentes de los 2 países que vivan de la pesca en ese mar. Hoy el daño ya está hecho y recuperar los caudales ya es casi imposible, pues ahora hay otro tanto número de familias que viven de los regadíos que proporcionan.

La ruta

Con ese conocimiento de la historia, salgo de Kyzylorda y me dirijo hacia el noroeste de Kazakstán. Allí está Aral, la ciudad que da nombre al mar (ahora desierto) invadido por tormentas de arena, sal y camellos. Siguiendo la carretera paso pueblos desperdigados de nombres extraños y que a mi parecer parecen abandonados.

La cultura del pueblo Kazajo es curiosa. Una mezcla entre las costumbres rusas y el aspecto de las razas de Mongolia. Un mestizage de siglos, que la ruta de la seda ha ido puliendo a través de miles y millones de viajeros que, como yo, pasamos por esas tierras y nos quedamos fascinados por sus gentes y sus paisajes.

La acampada.

Mi intención es acercarme a Aral, pero sin llegar. A unos 20 km kilómetros decido que ya es hora de buscar sitio, así que aminoro la marcha y empiezo a valorar las opciones para decidir donde acampar.

Localizo un camino que sale de la carretera hacia la izquierda y que parece perderse tras una colina. Pruebo suerte y después de un par de kilómetros de arena fina, decido pararme a un lado. Aunque el lugar parece algo transitado, creo que será tranquilo.

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Esta noche es mi cumpleaños y quiero pedir perdón a la diosa Gaia por los abusos a que la sometemos y que mejor que aprovechar ese desastre ecológico para hacerlo.

En resumen.

Atravesar Kazakstán en verano es duro. Tormentas de arena, viento huracanado, calor extremo, pocos habitantes, tráfico muy peligroso y carreteras (por llamarlas de alguna manera) en obras, en casi su totalidad.

Lo salvan la amabilidad de sus gentes y la fuerza de sus paisajes.

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