Cruzar en moto el desierto de Karakum, es una experiencia que recomiendo a todo el mundo. No puedo decir que pasara demasiado calor, pues la temperatura a mediodía rondaba los nada despreciables 35º, pero el clima seco y la velocidad de la moto hacen que la sensación sea menor. Otro tema era enfrentarse al tráfico de las ciudades con esas temperaturas.

El tramo de autopista que va de Beyneu (kazajastan) a Nukus (Uzbequistan) es una tramo de unos 500 km donde se juntan baches, tierra, asfalto, camiones, basura y policías. Tener un accidente ahí, o una simple avería, puede resultar un serio problema, pues a tu alrededor no hay nada… absolutamente nada.

Una vez cruzas la ciudad de Kungirot (Қоңырат), las carreteras parecen mejorar, pero solo a tramos, así que cuando te animas por que llevas 500 metros de buen asfalto vuelves a meterte de lleno, sin darte cuenta, en un nuevo berenjenal.

Fue en esta situación, entre tramos de buen asfalto y tramos dignos de cualquier guerra, cuando me adelantó una GS1200 pilotada por un ruso. Nos saludamos, intercambiamos unas sonrisas y seguimos cada uno a su ritmo.

Llevaba todo el día sobre la moto en un camino insufrible y mi espalda, desde los riñones hasta las cervicales, estaba hecha pedía una tregua. Necesitaba descansar y el día estaba terminándose. Me paré en una gasolinera a preguntar pero en Uzbekistán todos los vehículos funcionan con gas, así que me aconsejaron que me siguiera más adelante y me preguntara donde viera camiones.

Unos kilómetros más adelante encontré lo que me dijeron. Un restaurante con muchos camiones en la puerta. Pregunté por gasolina y acordé el precio con el camarero. Mientras me servían llegó el ruso de la GS1200, nos saludamos nuevamente y enseguida se puso a hablar con el que me estaba poniendo la gasolina. Yo no domino mucho el ruso (bueno, ni mucho ni poco), así que esperé con cara de no entender nada a que acabaran. De repente el ruso se gira y me pregunta, en una mezcla de Inglés y Alemán, si tenia donde dormir. Le contesté que aún no y me dijo que, si quería dormir allí, nos dejaban un sitio donde pasar la noche.

Acabé cenando con Sergey en el restaurante, durmiendo con él en patio de la “gasolinera” y desayunando al día siguiente. Disfruté como hacia años de una conversación amable y amistosa entre dos personas que apenas consiguen entenderse.

Con Sergey

Me explicó un montón de cosas sobre Uzbekistán, pues antes formaba parte de la esfera soviética y comparten muchas tradiciones con Rusia, entre ellas el Vodka. Fue una noche atípica donde las haya, y donde aprendí sobre las costumbres Rusas y Uzbecas.

Ese día amaneció como tantos otros, pero había aprendido que aún hay cosas de la naturaleza humana que me sorprenden aunque esas deberían ser las cosas que menos me sorprendieran.

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