El mar Caspio podría ser denominado lago, pero la inmensa fortuna en petróleo y gas que acumula hace que que lo denominen mar pues de esta manera las leyes internacionales permiten a cada país explotar un trozo. En el supuesto de que fuera un lago, cada país podría explotarlo por completo con el consiguiente desastre ecológico.

Aún así, el mar Caspio está sobre explotado por todos y cada uno de sus países ribereños. Hay cientos de plataformas petrolíferas visibles desde la costa tanto de día como de noche.

Crucé este mar desde Bakú (Azerbaiyán) a Aqtau (Kazakstán) con la moto en un ferry de la compañía Caspiansea y lo que debía ser una simple travesía acabó siendo una experiencia enriquecedora.

Pero vamos por partes.

¿Cómo embarcar en Bakú?

El primer paso es comprar el boleto. Si vas a pie hay que comprarlo en Bakú. Si vas con vehículo hay que ir a Alat, 70km al sur (en ambos casos el barco se coge en Alat). Una vez en el puerto verás diversos contenedores donde están distribuidos los servicios y a partir de ahí empieza un baile de entrar y salir para encargar el billete, pagarlo en el banco, volver para validarlo, comparar el embarque de la moto, volver al banco a pagarlo y de nuevo validar el embarque. No es nada complicado, pero das un montón de vueltas tratando de cumplir con todos los requisitos sin dejarte ninguno.

Por suerte hablan bastante bien Inglés (mejor que yo) y te van orientando sin perder la paciencia y explicándose perfectamente.

¿Cuándo podré cruzar el Caspio?

La respuesta es sencilla. Cuando pueden llenar el ferry. En la explanada que rodea los contenedores con las taquillas, se van acumulando los camiones, los coches, las motos y las personas. Todo perfectamente ordenado. Sólo cuando llegan a un número “X” de ocupación, les sale a cuenta proceder al embarque. Eso supone esperar. En mi caso fueron unas 12 horas, pero sé de gente que estuvo allí más de 2 días.

Explanada Ferry Bakú-Aqtau
Explanada Ferry Bakú-Aqtau

¿Me aburriré con tanta espera?

Seguramente si, así que llévate un libro por que no hay donde enchufar nada, ni WiFi ni siquiera cobertura de móvil. Por suerte no hará falta que te preocupes por los víveres pues hay un supermercado en uno de los contenedores (pequeño pero con lo necesario). También hay unas duchas y lavabos, eso si, piensa que todo eso está usado por un montón de camioneros rusos y por lo tanto la higiene escasea.

Cuando empieza el embarque es como si sonara un pistoletazo de salida. Todos arrancan y empiezan a moverse, pero no hacia el barco… se mueven hacia la aduana, pues se trata de un crucero internacional y por lo tanto estarás un día entero en tierra de nadie. Cruzar la aduana para salir de Azerbaiyán no es difícil, pero si lento. En mi caso, junto a los otros coches y personas que cruzábamos, estuvimos más de tres horas para chequear vehículos, personas, equipajes y proceder al embarque en el ferry.

Entre todos, recuero que había una persona intentando coger el ferry con unos altavoces tamaño familiar y un teclado. Su intención (si no entendí mal) era ir de pueblo en pueblo tocando y alegrando la vida a la gente y así ir ganándose la vida.

¿Y una vez arriba?

Cuando me indicaron en que parte de la bodega del barco debía dejar la moto, me dijeron que la atara bien y se despreocuparon de mi. Por suerte llevo siempre unas sirgas de sobras para anclarla donde sea, por que a partir de ahí se olvidan de ti y debes buscarte la vida.

Una vez en el barco, todo está incluido. Es como un crucero de lujo pero sin el lujo. Lo primero que hacen es distribuir habitaciones de 4 personas. Tuve la suerte de que me tocara con 3 ingleses que hacían el Mongol-Rally. No me imagino compartiendo camarote con 3 camioneros rusos.

Te aviso de que en el barco todo está escrito en ruso, así que no solo hay que tratar de localizar el restaurante, sino que también hay que tratar de entender el horario.

La noche en el barco.

Más que de la noche en el barco, me gustaría hablaros de las “tres” noches en el barco. Nada más salir del puerto de Alat, el aire impedía avanzar al ferry y eso nos detuvo durante 2 largos días, anclados frente a Bakú.

Conseguí pasar los días leyendo, durmiendo y andando por cubierta. Conocí a toda la tripulación, unos 10 jóvenes Azeries que disfrutaban de aprender y enseñar palabras. Fueron días de tranquilidad y amistad a una hora de la costa.

Pero las noches… las noches eran distintas. Ya te he comentado antes, que embarcó un músico con sus altavoces y teclado. Si juntas eso con la joven tripulación, sólo hizo falta encontrar un enchufe y un rincón de cubierta donde no soplara demasiado el aire para tener montada una fiesta. Baile y risas hasta las tantas. Compartir esas tres noches con un montón de extraños fue uno de los recuerdos que con más cariño guardo en mi memoria.

Una travesía más corta de lo que parecía.

Al amanecer del tercer día, el viento empezó a amainar. Me habían hablado de una travesía de 30 horas, pero a las 20 horas de levar anclas frente a Bakú ya estábamos entrando en el puerto de Aqtau. El Caspio es un mar tranquilo, pues ni en lo más fuerte de la ventisca las olas movían el barco. Así que cuando amainó el temporal, la ruta fue apacible y relajada, incluso se podría decir que fue aburrida sino hubiera por las amistadas creadas esos días.

Bajar en Aqtau y el reencuentro con la burocracia.

Atracar en Aqtau fue el principio de una larga carrera de obstáculos para conseguir todos los papeles. Tanto a mi como a los 3 coches del Mongol-rally con los que coincidí. Se nos junto el cansancio con el problema del idioma y el desconocimiento burocrático de ese país.

El barco atracó sobre las 11.00h y recuerdo que eran las 15.00h cuando, con todo en regla, me sentaba en el restaurante a la salida del puerto para comer algo. No todo eran trámites, pues la mayor parte del tiempo nos lo pasamos haciendo cola en las diversas ventanillas sin saber que hacer. Recuerdo que a las 13.30h, cuando ya me tocaba en una de ellas, el soldado que debía atenderme me dice que se va a comer y que vuelve en 30 minutos. Y así una tras de otra.

Yo “sólo estuve 4 horas” por que tuve la suerte de encontrar a una chica que me acompañó por todo el recinto aduanero, de ventanilla en ventanilla. Mis amigos del Mongol-Rally no tuvieron tanta suerte y uno de ellos estuvo más de 6 horas.

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Atardece en el Caspio

Las fronteras son como una carrera de obstáculos, donde ni los trámites, ni la escritura, ni el lenguaje están a de tu lado. Por suerte, en la mayoría de ellas, los funcionarios tienden a ayudarte, en otras no.

El siguiente paso era cruzar Kazakstán hasta Uzbekistán. Una aventura que aún estaba por escribir, pero que desde ese momento, iría enriquecida con la nostalgia de unos días y unas amistades que disfrutaré recordando durante años.

Extracto final

Si me pusiera a resumir el viaje a través del Caspio en una línea, lo calificaría como un viaje por un mar de tranquilidad entre dos infiernos de burocracia.

 

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