Cuando llegué a Marrakesh en moto, observé unos parquings enormes de motos custodiadas por personas que se dedican a ofrecer ese servicio. Los hay más profesionales y más “improvisados”, pero al rededor de la plaza El Fnaa se encuentran fácilmente.

Buscando un sitio donde dejarla para pasar el dia, encontré un hueco al lado de la comisaria de la Policía Turística y allí la iba a dejar. Mientras aparcaba, se acercó un indigente hacia a mi y me propuso cuidarme la moto por la voluntad. Ya había aprendido que es mejor ceder y dar algo, que decir que no y arriesgarme a perder la moto, así que le dije que si, que ningún problema.

De entrada le di un poco de dinero y le dije que al irme le daría el resto.

Unas horas después pasé a ver si mi vigilante y mi moto seguían allí. Pasé disimulando y todo me pareció correcto.

A las 22.00 horas, después de patearme Marrakesh y cenar, me fui hasta la moto y no encontraba a mi “segurata” particular. Al llegar casi encima de ella, lo vi. Estaba tumbado y durmiendo junto a la moto.

Le recompensé el esfuerzo y quedamos para el día siguiente.