En el post anterior puedes leer como llegué a quedarme tirado en el desierto del Sáhara por mi escasa habilidad sorteando dunas y de como Omar, y un montón de gente más, me ayudaron a subir la moto a la pick-up de este.

Eran las 12.30h y las aventuras de ese día no acababan con la moto a buen recaudo en la parte trasera de la camioneta de Omar. Poco a poco fuimos saliendo de la zona de dunas y aunque ya podía conducir la moto por las pistas, decidí seguir con la compañía de mi taxista improvisado.

Superado el tramo más complicado, entramos en unas pistas pedregosas que castigaban la amortiguación del vehículo hasta hacerla tocar con los bajos en el suelo en repetidas ocasiones, pero Omar, acostumbrado a conducir por esos caminos no aminoraba la marcha. De vez en cuando, yo giraba la cabeza para ver a través del cristal si la moto seguía aguantando el ajetreado sendero.

Todo parecía ir bien hasta que se oyó un golpe seco que, a mi me partió el alma, pero al vehículo una ballesta de la suspensión. 

Sin perder la sonrisa, Omar bajo del coche y se puso a buscar algo en los metros anteriores. Me comentó que había perdido una TIJA de las ballestas. Nos pusimos a buscar la pieza mientras yo rezaba a mi ángel de ese día para que me volviera a enviar ayuda. Y así fue otra vez… Otra pick-up con 6 marroquís en la parte de atrás que ni cortos ni perezosos se bajaron, encontraron la pieza y trataron de arreglarla.

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Omar reparando la pick-up

Digo trataron de arreglarla, por que por falta de herramientas fue imposible. Pero Omar estaba contento, había encontrado la pieza. Yo estaba acojonado pues hicimos unos 60 kilómetros con una ballesta partida acompañados por un ruido anti-natural para cualquier medio de locomoción que aspire a transportar seres vivos.

Con una pick-up aguantándose por los pelos, llevando cargada una moto extranjera y un motero en la cabina nos encontramos un control policial (seguro que nos oyeron kilómetros antes de vernos). La mirada de Omar fue de “mierda, vamos a tener problemas”

Omar bajó para ver que querían mientras yo esperaba impaciente en el calor abrasante de la cabina. Vi como hablaban, como Omar les enseñaba los papeles y como señalaba la moto. Un policía se acercó a mi, me miró y pasó hasta la moto. Al volver hacia delante, se paró a mi lado y me pregunto si todo estaba bien. Si, por supuesto, todo bien.

Cuando Omar volvió a subir a la furgoneta, estaba eufórico. No se que había pasado, pero había ido todo muy bien. En ese momento cogió el teléfono y hizo una llamada.Habló en árabe y por descontado no entendí nada, pero sonreía mucho, así que pensé que todo iba bien.

Para acabar el día Omar me llevó a su casa en Foum Zguid, donde le esperaban dos amigos suyos que habían preparado un TAJÍN para comer los cuatro. Esa era la llamada que había hecho. Esa era la guinda que colmaba el pastel de una mañana increíble.

Después de un par de horas de charla, de comida tradicional (siesta incluida) y después de agradecerles de mil maneras diferentes que me sacaran de aquella pista para llevarme a la ciudad, bajamos la moto entre los cuatro y pude seguir el viaje con un recuerdo que a día de hoy es de los más bonitos que conservo. Gracias Omar

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Omar (de pie) y sus amigos

Si te apetece ver la ruta completa aquí tienes un link donde la detallo toda.