La carretera entre Zagora y Foum Zguit, resultó ser una prueba de fuego para mis nervios y mis habilidades off-road, que entre tú y yo resultaron ser pésimas.

Llegé por la tarde a Zagora, una ciudad al sur de Marruecos, con un sol de justicia y una temperatura que debía rondar los 45º. Me detuve en un camping a la entrada de la ciudad, donde encontré una considerable sombra y tenían una piscina que resultó estar muy animada por la cantidad niños que venían allí. Me lo pasé muy bien viéndolos jugar.

Al día siguiente, después de recoger la tienda y cargarla en la moto, me di cuenta que ya estaba sudando y sólo eran las 8.00h. El día no presentaba ni una nube.

Salí convencido de poder llegar a Sidi Ifni (590 km) para pasar la tarde en la playa y disfrutar del océano Atlántico.

Al salir de Zagora, la carretera se convirtió en pista. Poco después, la pista se convirtió en un camino en obras y por último desapareció todo para dejar ante mi una extensión de unos 3 o 4 kilómetros  donde las dunas del desierto habían hecho desaparecer todos los rastros a seguir.

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La carretera se convirtió en pista

Eran las 11.00h y me enfrentaba al punto más delicado del mi travesía. Una zona de dunas como no me había encontrado nunca. Me puse en pié y dí gas, tal como veía en los rallys más famosos.

Lo que pasó era de esperar. Aterricé de cabeza sobre una duna blandita que me recibió con un abrazo calentito, calentito. Había clavado la rueda delantera y me esperaba el trabajo de desmontar maletas, poner la moto en pie, recomponer mi orgullo y volver a probarlo.

Inocente de mí, no me di cuenta que 10 metros más allá me volvía a esperar el mismo resultado con las mismas consecuencias pero con algo menos de paciencia hacia mis habilidades. La segunda vez que levantas una moto de más de 200kg con una temperatura de unos 40º en un terreno poco estable, te das cuenta de lo débiles que son tus brazos, tus piernas y tus riñones.

Cuando unos 25 metros después volví a clavar la rueda delantera, incluso antes de que mi cuerpo tocara el suelo, ya había tomado una solución drástica, iba a quemar la moto.

Eran las 12.00h del medio día estaba en el suelo, en pleno desierto del Sáhara, en mitad de ninguna parte, apenas me quedaba agua y no había hecho ni 50 kilómetros. ¡¡¡Y quería hacer 590!!!.

Después de desahogar mi rabia contra el casco, me senté para relajarme un poco y pensar quien me manda a mí meterme en este lío y como lo voy a hacer para salir vivo de allí. Justo en ese instante, pasó una pick-up. Omar me ofreció agua que bebí agradecido pues estaba fresca (eso sí, me avisó que era del pozo y que podía ser delicado para mi estómago). Incluso me ofreció subir la moto a la camioneta y llevarme hasta donde pudiera continuar mi viaje. Me pareció una idea estupenda, hasta que pensé en la técnica para subir una moto a una pick-up entre dos personas sin ninguna rampa y con una de ellas agotada por el esfuerzo y el calor. O Omar era Superman o había que esperar un milagro. Y este llegó en forma de furgoneta-taxi con unos 20 marroquís dentro, que en una exalación bajaron, ayudaron a Omar a cargar y sujetar la moto y tal como llegaron se fueron. Todo esto mientras yo intentaba que mi cara de incrédulo me permitiera pestañear.

Y ahí estábamos, Omar y yo con la moto cargada y listos para emprende el trayecto a la ciudad más cercana…. pero esa es la segunda parte del día, que es tan surrealista como la primera y que también vale la pena ser explicada, pues aún queda una avería, la experiencia que tuvimos con la policía y algunas cosas más.

Si te apetece ver la ruta completa aquí tienes un link donde la detallo toda.

 

 

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